Escudo de la Universidad de Guadalajara
Formulario de búsqueda

 

22 de marzo de 1918 - Centenario de la pandemia de gripa española

Artículo conmemorativo a esta catástrofe de salud pública que cumple cien años

El 29 de abril de 2009 el presidente de México, Felipe Calderón Hinojosa, habló por televisión a todo el país que lo escuchó atemorizado por las noticias y rumores de una misteriosa epidemia de gripa. Ya entonces, se había ordenado el cierre de las escuelas y centros de reunión; las iglesias dejaron de abrirse por primera vez desde la Guerra Cristera; los tapabocas y geles antibacteriales estaban agotados; a los mexicanos se les negaba la entrada en varios países. Se esperaba que el presidente hablara de medidas extremas y diera explicaciones detalladas; en lugar de eso recomendó mantener la calma y lavarse las manos. Solo eso, la recomendación que millones de madres repetimos a diario alrededor del mundo, ahora en boca de un mandatario.

La epidemia de 2009 fue causada por mismo virus que en 1918 causó la muerte de una quinta parte de la población mundial: el H1N1, que causa trastornos respiratorios y se conoció entonces como gripa, gripe o influenza española. Los enfermos presentaban síntomas similares al catarro común que se iban agravando; los pulmones de llenaban de líquido y la capacidad de oxigenación iba disminuyendo por horas. En 1918, la mayoría de los infectados moría antes de tres días del contagio.

Tanto en 1918 como en 2009, las muertes fueron causadas tanto por la enfermedad en si como a las bacterias oportunistas que atacan a los organismos debilitados. En ambos casos, la población infectada era económicamente activa –no solo niños pequeños y ancianos como sucede en la mayoría de las enfermedades respiratorias-. Sin duda este fue un factor determinante para las medidas –exageradas para muchos; atinadas para la Organización Mundial de la Salud- que se tomaron en 2009; se estaba evitando el contagio de la mayoría de la población.

La gran diferencia es que en los 91 años entre ambas pandemias se descubrieron los antibióticos, los antivirales y lo que puede ser más significativo: los mecanismos de transmisión de las enfermedades. En el siglo XXI sabemos que el virus H1N1 no se transporta por el aire sino por los fluidos corporales, que después de unos minutos fuera de un portador muere y que podemos evitar el contagio con facilidad.

La gripa española mató -entre marzo y noviembre de 1918- a 40 millones de personas en todos los continentes, cuatro veces más que las bajas en la Primera Guerra Mundial; recibió este nombre porque España fue el único país que habló del tema en un principio –los demás lo ocultaban por motivos bélicos para no parecer débiles ante el enemigo-. Con las evidencias actuales se sabe   que lo más probable es que el brote apareciera originalmente en los campos de entrenamiento del este de los Estados Unidos.

Esta pandemia se considera la peor de la historia por ser la primera de la que se tiene registro exacto y también, la primera en una época en la que los medios de transporte habían evolucionado para ser usados por la población en general. Esto hizo posible la diseminación de la enfermedad que se inició a fines de marzo de 1918 y en cuatro meses había llegado a Europa - con el traslado masivo de tropas - y regresado -tanto con los ejércitos repatriados como con los inmigrantes y refugiados de la guerra-.

En 1918 México estaba en medio de su revolución, con más del 70% de la población desnutrida y viviendo en pésimas condiciones sanitarias. La epidemia de gripa llegó en octubre de ese mismo año y las víctimas registradas fueron alrededor de 300,000. Las poblaciones más afectadas fueron en el norte del país, en la ciudad de Torreón y sus alrededores se registró la muerte de 20,000 personas.

Desde el medioevo cuando se observaban varias muertes sucesivas con síntomas similares, las víctimas eran expulsadas de sus casas y de las poblaciones; su ropa y posesiones eran quemadas. Este método primitivo de aislamiento era la única forma de defensa que se conocía: si no se tocaba a un infectado, si no se respiraba el mismo aire, entonces se podía sobrevivir.

Seiscientos años después, las epidemias siguen provocando miedo irracional, parecería que cualquier enfermedad puede transmitirse por el aire y la única protección es evitar el contacto. Este es el momento de usar el conocimiento médico para mejorar la vida no sólo de los enfermos sino de todos nosotros. Si conocemos las formas de contagio, podemos tomar las precauciones necesarias –incluso extremas- y aun así dar el trato y la atención que merecen los que padecen un mal. Podemos sustituir el prejuicio con información, la intolerancia con sabiduría y no dejar que un virus nos quite la capacidad de relacionarnos y comportarnos como humanos. Al final de cuentas la mayoría de las enfermedades se evitan simplemente lavándose las manos.

Créditos

  • Texto: Lucy Virgen
  • Imagen: Silvana Soffchi

CGTI - Unidad de Desarrollo de Procedimientos y Apoyo a los Sistemas de Gestión.

 

Fecha de publicación: 
Jueves 22 de Marzo de 2018
Compartir en Google Plus