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6 de julio de 1840 - Natalicio del pintor José María Velasco

Ilustración del pintor José María Velasco

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

JOSÉ EMILIO PACHECO

 

Al experimentar el mundo hacemos también juicios acerca de él. En medio de lo que experimentamos con nuestros sentidos, construimos una concepción de qué es y cómo es la realidad.

Las grandes mentes de grandes filósofos se han planteado históricamente como problema cómo es que tenemos acceso a la realidad, es decir, cómo es que la conocemos, que la experimentamos, que tenemos certezas en torno a ella. Grandes discusiones han sido protagonizadas por estas también, grandes preguntas. Y es que, aunque parezca baladí destinar tanto despliegue intelectual a algo que nos resulta evidente (después de todo, diríamos, la realidad es lo que nos rodea, lo que vemos, y así es que la conocemos y que sabemos que está ahí y que es así), lo cierto es que de la comprensión detallada de su composición y de nuestra relación de conocimiento con ella surgen pautas que permiten mejorar nuestra experiencia: hacer ciencia, explicar y predecir comportamientos naturales, encontrar beneficios como los de la medicina, combinar y manipular materia para hacer herramientas; pero también exacerbar nuestra experiencia personal de asombro ante algo tan sofisticado.

José María Velasco es un maestro en ello: en capturar la realidad, principalmente, a través de la reproducción de paisajes. No solo de cómo se ven, sino del detalle de sus formas precisas, la descripción anatómica, botánica, física, arquitectónica. Pero, igual que cuando volteamos a ver el mundo, estas características están ocultas y son más bien el trasfondo que les permite ser exactamente como son. Este paisajista nos hace pensar en el arte como otra forma de buscar la verdad en el mundo, de explicarlo. Pero también aviva su asociación como medio para experimentar su belleza.

José María Tranquilino Francisco de Jesús Velasco y Gómez-Obregón nació en pleno verano, cuando los paisajes son más vivos y expresivos, el 6 de julio de 1840, en el pueblito Temascalcingo, en el Estado de México. Siendo aún un niño, junto con su familia comenzó a vivir en la Ciudad de México. La pronta muerte de su padre (cuando él tenía 10 años), así como su calidad de primogénito, acuñaron en él una gran responsabilidad desde pequeño, teniendo que trabajar para solventar menesteres de subsistencia.

Cuando tenía 15 años terminó su educación básica y comenzó a estudiar por las noches, en la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de México, entrenándose primero como dibujante. Desde esta fase era notoria la pasión de José María por la naturaleza, al dedicar sus dibujos a temas relacionados con fauna o vegetales. Tres años después, en el 58, se matriculó oficialmente como estudiante de tiempo completo en la misma academia. Ahí, otros tres años después, pudo formar parte de la clase de realismo y paisajismo del italiano Eugenio Landesio, de quien pronto se convertiría en un importante discípulo.

En virtud de su gran interés, además de seguir estudiando en la academia de artes, pronto comenzó también a estudiar anatomía, y así a involucrarse en el mundo de la medicina. Agregó a sus estudios también geología, botánica, zoología, matemáticas y física. Hablamos, pues, de un artista conocedor, que podía verter en sus lienzos precisiones delicadas que agregan un toque de admirable realismo a su obra.

Pero la enseñanza pictórica de Landesio profesaba la necesidad de incorporar en la obra visual de paisaje mayor contenido que el puramente natural. Así, hacía una distinción importante entre dos componentes: la localidad y el episodio. La localidad es el paisaje puro, el fondo en el que ocurre el episodio, una escena que le da vida. De ahí que una constante en la obra de Velasco sea la de encontrar siempre asideros narrativos, como el indio recolector de tunas, o el campesino arando el campo.

En 1868, a los 28, Velasco se incorporó como profesor en la Academia en la que se formó. Casi simultáneamente, como el hombre maduro que revelaba ya ser, contrajo también matrimonio con Luz Sánchez Armas Galindo, a quien conoció en sus diligencias para pintar un retrato del emperador Maximiliano, y con quien tuvo a su hija Mercedes.

Entre sus labores destacadas, ya como profesional, en 1880 fue invitado a sumarse como dibujante arqueológico del Museo Nacional de México, y desde esa función, su obra alusiva al contexto prehispánico lo llevó a formar parte de la representación mexicana en dos grandes exhibiciones internacionales: la Exposición Universal de París, de 1889 y la Exposición Mundial Colombina, en Chicago, que conmemoraba 400 años del descubrimiento de América.

Toda obra es, pues, una expresión de su tiempo, y Velasco fue hijo de una época de grandes cambios en México y de su lugar en el mundo: vivió la reforma liberal, la cúspide del Porfiriato, con su enorme progreso intelectual; y posteriormente, hacia el final de su vida, la decadencia social, el cambio de siglo y los albores de la Revolución. De ahí que la mayor parte de su obra refleje un México firme, soberbio, que exhibe con orgullo su realidad y apela a la verdad natural.

Pero fue, además, contemporáneo en el arte de los inicios del impresionismo, que procura visualmente más una poética que una verdad. No en el sentido de que lo que sus representantes plasman sea falso, sino en el de que, lejos de buscar la precisión de las formas de lo ilustrado, lo que se reproduce son las impresiones de luz, colores sin límites claros, que muestran la experiencia, podríamos llamarle poética, de quien observa. Esto no aparece en la obra de José María sino hasta sus últimas obras y de manera muy sutil, cuando se observan mayores aspiraciones utópicas.

El ojo del pintor refleja su relación con el mundo, y el espíritu que impera en una sociedad en cada fragmento del tiempo. La mirada de arriba abajo que caracteriza a los más de los cuadros velasquianos supone una posesión simbólica, una voluntad de dominio, de apropiación, nacionalista y patriótica. Su perspectiva se fue cerrando, dirigiendo la vista hacia aquella que se tiene desde la llanura. Esta, la mirada desde la llanura, es en cambio una mirada reverente, que reconoce simbólicamente una jerarquía superior, o bien simplemente de cotidianidad.

Desde 1905, que su salud desmejoró –aunque siguió pintando enérgicamente–, Velasco salió de la vida pública, y se retiró a trabajar desde su casa en Hidalgo. Ahí murió en agosto de 1912, a los 72 años.

En su obra nos queda un manifiesto de la verdad y de la belleza, una relación cruda pero poética con la realidad.

 

Referencias bibliográficas

Altamirano, M. E. (2006). José María Velasco: Paisajes de luz, horizontes de modernidad. México: Editorial Equilibrista.

Ramírez, F. (2017). José María Velasco, pintor de paisajes. México: UNAM y Fondo de Cultura Económica.

 

Créditos

  • Texto: Mayela García.
  • Ilustración: Carolina Hernández
Fecha de publicación: 
Sábado 06 de Julio de 2019
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