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Día Internacional de la Mujer

“No soy libre mientras otra mujer sea prisionera, aun cuando sus cadenas sean distintas de las mías” (Audre Lorde, 1984) se lee en un trozo de cartón que funge como pancarta, y que es enarbolado por una joven en una marcha conmemorativa del 8 de marzo de un año reciente, y en algún sitio que puede resultarnos conocido.

Del poder silencioso de un cartel

“No soy libre mientras otra mujer sea prisionera, aun cuando sus cadenas sean distintas de las mías” (Audre Lorde, 1984) se lee en un trozo de cartón que funge como pancarta, y que es enarbolado por una joven en una marcha conmemorativa del 8 de marzo de un año reciente, y en algún sitio que puede resultarnos conocido.  

Palabras que pueden ser fácilmente recuperadas de uno de los poemas de Audre Lorde, escritora feminista y activista estadounidense, pero que también hace acto de presencia en el cartel de una mujer que, ese día, ha decidido salir a las calles y organizarse junto a otras miles de mujeres para visibilizar, nombrar y denunciar las múltiples violencias y opresiones que les han atravesado históricamente. Pero también han decidido salir a las calles –y tomarlas– para acompañarse, buscarse, encontrarse y reencontrarse; para hacerle saber a la otra, conocida o no, que no es la única, que no está sola y que nunca más lo estará.

Porque, en realidad, en el feminismo no hay desconocidas, hay compañeras. Puede hacérselo saber de forma explícita o tácita; y es en esta última en la que vemos caer a nuestros pies un raudal de modalidades que nos muestran de manera apabullante, las diversas maneras que las mujeres han elaborado para tejer sororidad y acompañamiento hacia con sus compañeras: en cada canto coreado, en cada mirada intercambiada, en cada llanto, en cada sonrisa, en cada paso marchado, en cada puño levantado, en cada pañuelo violeta y verde y en cada cartel que les dice a las demás silenciosa –pero tajantemente–, que su lucha será incansable hasta constatar de primera mano que todas las niñas y mujeres son libres y dueñas de sí: de sus cuerpos, de sus historias, de sus deseos, de sus anhelos y de sus vidas. No hay más dueños para las mujeres que sus amores propios, fuertemente entrelazados y compartidos con todas las demás.

Tal vez nadie o pocas lo externen, pero todas y cada una de ellas sabe de forma cómplice, que es ese ferviente deseo el que les cobija en ese espacio y en ese momento; en el que por lo menos mientras la manifestación ocurre, han hecho las calles suyas porque les pertenecen. Porque el espacio público será tan suyo como les corresponde, y lo será luchando y gritando con ese fervor que solo la digna rabia otorga; pero que también es permanentemente acompañada por la solidaridad femenina. Sororidad, le han nombrado.

El 8 de marzo es el día no solo para conmemorar a las mujeres que antaño lucharon con uñas y dientes para conseguir los derechos de los que hoy muchas mujeres gozamos (sí, muchas, aunque no todas.) Es el día también de la reivindicación de la pugna incansable por lo que todas las mujeres tendrían derecho a hacer: salir a las calles sin ser acosadas, cosificadas, hostigadas, abusadas, secuestradas, víctimas de la trata sexual, violadas o asesinadas.

Eso sin mencionar la explotación laboral; la desproporción salarial al ocupar un mismo cargo respecto a un compañero varón; la trata de blancas de la que se nutre la pornografía y la prostitución; las niñas que sufren la mutilación genital porque el placer está vedado para ellas; las niñas vendidas a hombres que cuadriplican su edad para contraer matrimonio; las niñas y mujeres forzadas a ser madres por terceros, a pesar de que el embarazo sea producto de una violación; las niñas y adolescentes en situación de pobreza extrema, que no ven más salida que la prostitución y aquellos que han decidido aprovechar esa situación de ventaja; las violaciones y abusos sexuales perpetrados en el seno familiar hacia las hijas, las hermanas, las primas, las esposas y hasta las nietas; la cosificación y explotación sexual; la violencia obstétrica; el impuesto rosa; la desvalorización femenina; la explotación que trae consigo la maternidad subrogada; la omnipresente misoginia; el escaso acceso que tienen las mujeres a puestos de poder; la menstruación como tabú y sinónimo de vergüenza; la anticoncepción como responsabilidad exclusiva de la mujer, sin importar los efectos secundarios de riesgo; la penalización del aborto; las irrisorias condenas a feminicidas y violadores; la maternidad obligada y como método punitivo; la estigmatización de las madres solteras y mujeres violadas, las madres que trabajan y que crían además a sus hijos sin contar con el apoyo de su pareja, las madres que se dedican al hogar 24/7 sin paga alguna.

“Exageradas”, también nos han dicho cuando hemos pronunciado: “No más”. Para nosotras, el disfrute sexual vedado, la ostentación exclusiva de tareas ajenas al poder, el ejercicio de la discreción, el silencio como mandamiento, el cuerpo propio como objeto de satisfacción masculina, la admiración masculina como obligación, la maternidad obligada como sinónimo de autorrealización y plenitud femenina, el deber social de agradecer el acoso sexual recibido en tanto éste es un factor indisociable de la autoestima femenina, la feminidad como condena.

.Pero, entre nosotras, el cobijo, el alivio, el abrazo, el encuentro, el acompañamiento y la sororidad. Eso es lo que celebramos cada 8 de marzo: la tenacidad inquebrantable de todas las mujeres que bien pudieran ya no estar, y el temple de las abuelas feministas que nos precedieron y de las que hoy por hoy, gozamos no solo del voto, sino de nuestra entera y rebelde existencia.

 

Créditos

  • Texto:  Sayra García
  • Imagen: Carolina Hernández Villalobos

CGTI - Unidad de Desarrollo de Procedimientos y Apoyo a los Sistemas de Gestión.

Fecha de publicación: 
Viernes 08 de Marzo de 2019
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